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Ya va siendo hora que nos preguntemos si nosotros, los que formamos parte de esta sociedad, merecemos el sacrificio”

Ayer murieron tres jóvenes bomberos. Los tres pertenecían a la compañía Roma 2, que queda en el Cercado de Lima. Alonso Salas Chanduví, subteniente; Raúl Lee Sánchez Torres, teniente brigadier; y Eduardo Jiménez Soriano, seccionario, murieron tratando de rescatar a un hombre que había quedado atrapado en las llamas que consumía un almacén del Minsa en el Agustino. Los tres cumplían con su labor en complicadísimas condiciones. Los tres dejan familia y amigos que los extrañarán y los necesitan. Los tres estaban ahí porque creían que dar parte de su tiempo y sus energías por ayudar a otros vale la pena.

Pero entre tanta tristeza y tanto dolor, ya va siendo hora que nos preguntemos si nosotros, los que formamos parte de esta enloquecida sociedad, nos merecemos el sacrificio de estos chicos. Si somos sujetos por los que valga la pena entrar a una casa en llamas para salvar nuestras vidas. Y la verdad, cada vez me convenzo más, que no calificamos.

Cada día me decepciona más esa coraza que estamos desarrollando para no comprender, para no empatizar, para no mirar a los demás: vemos a un peatón tratando de cruzar la pista y aceleramos el carro, viajamos en el Metropolitano bien sentados junto a un anciano y nos hacemos los dormidos, somos testigos de que están manoseando a una chica en el tren y nos reímos, vemos a una persona saltar desde un piso alto del Sheraton y la grabamos con el celular… Podría citar innumerables ejemplos, pero está bastante claro que vivimos en una sociedad tan ensimismada e indolente, que el solo hecho de ser bombero constituye ya una rareza que desentona.

Asumámoslo, Alonso Salas, Raúl Lee y Eduardo Jiménez  arriesgaron su vida por ciudadanos que creen que llamar a reportar emergencias inexistentes es divertido (el 97% de las llamadas a la central de los bomberos son falsas). Se sacrificaron por hombres y mujeres incapaces de darles paso a las bombas que circulan con la sirena y las luces de emergencias prendidas. Se asfixiaron por gente que se cree muy ‘cool’ y muy bacán cuando acuña frases  miserables como esa de “pa’ cojudos…”

Ayer tres jóvenes murieron tratando de salvar la vida de otros, de nosotros. Sus compañeros los esperaron en silencio con sus uniformes rojos y amarillos manchados por el humo y el hollín. Cuando los cuerpos estuvieron listos para su traslado los escoltaron en silencio. “Juntos llegamos, juntos nos vamos”, fue la frase que usaron al despedirse. Y a nosotros toda esa humanidad nos golpeó de frente en la cara y nos hizo sentir los seres más cojudos del mundo.

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