“La Hora del Ponchecito con Pepe Flores”
Hubo un tiempo en que caminar por las calles de Moyobamba no era solo desplazarse, sino recordar mientras se vivía. Entre las décadas de los 70 y los 90, cada cuadra era un testimonio silencioso de historia: casonas de alma antigua, balcones de madera que parecían conversar con el viento, y puertas que guardaban secretos de generaciones.
Esa arquitectura no era casual: respondía a una herencia colonial que marcó profundamente a Moyobamba, donde las casonas y balcones de madera simbolizaban elegancia, historia y adaptación al entorno amazónico.
Hoy, con profunda nostalgia, se despide de nuestras vistas una de aquellas casas que, pese a los terremotos de 1990 y 1991, se mantenía firme, resistiendo el paso del tiempo. Ubicada en el jirón San Martín, perteneciente a la familia Ruiz Silva, era quizá la más visible de las pocas edificaciones tradicionales que aún sobrevivían. Su diseño arquitectónico, tan peculiar, la distinguía claramente del resto de construcciones modernas.
El jirón San Martín, siete cuadras de historia, fue durante años el corazón palpitante de Moyobamba. Allí no solo se comerciaba: se vivía. El Club Alonso de Alvarado reunía risas y apuestas; el Club Social Tenis vestía de gala las noches; la notaría Vásquez, el bar 1R2 y el restaurante pollería Moscú marcaban la rutina cotidiana.
También vivían en la memoria la bodega de abarrotes doña Victoria y don Lucas Pinedo, la licorería El Néctar, donde el carisma de Wilfredo del Águila hacía inolvidable cada visita sus conversaciones eran de mucha identidad, y el restaurante La Selva, donde el aroma del juane preparado por doña Magnolia Solano perfumaba toda la cuadra. Más allá, la chicha de higo de doña Paquita, los helados El Tumi y el coliseo de gallos “El Pinto” de la familia Inga Casique, completaban ese mosaico de vida, tradición y encuentro. Muchos otros negocios quedan hoy apenas en el recuerdo.
En la actualidad, el jirón San Martín ha cambiado su rostro. Predominan las entidades financieras y edificaciones de material noble, carentes de atractivo arquitectónico. Las fachadas tradicionales han sido reemplazadas por estructuras funcionales y uniformes. Solo algunas excepciones, como el hospedaje “El Portón” de Pochito Reyna, intentan conservar rasgos acordes con la identidad histórica del lugar.
Nuestra ciudad enfrenta hoy un crecimiento urbano desordenado. Muchas construcciones se levantan de manera empírica, mientras que las normas de edificación parecen letra muerta ante la falta de control municipal. Esta situación ha contribuido a la pérdida progresiva de una arquitectura que no solo era estética, sino también funcional y adaptada al clima amazónico.
Recuperar la identidad de Moyobamba no es solo un anhelo nostálgico, sino un reto urgente. Como ocurre en muchas ciudades amazónicas, la arquitectura tradicional, pensada para convivir con la geografía y el clima, ha sido reemplazada por modelos costeños de concreto y vidrio que no responden a la realidad local.
Moyobamba es una de las primeras urbes españolas en la Amazonía, heredó una arquitectura que no solo era estética, sino también identidad. Porque en cada casona que cae, no solo se pierde madera y adobe: se derrumba también la memoria de una ciudad que alguna vez supo mirarse a sí misma con belleza.
Foto: Moyobamba y sus balcones: crónica de una memoria que desaparece






